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Era un pobre chico que trabajaba mucho y ganaba poco para poder
vivir. ¡Cuánta hambre pasaba!. Muchas mañanas no
tenía un pedazo de pan para desayunar, y muchas noches se iba a la cama sin
cenar por falta de alimentos.
Su oficio era repartidor de periódicos por las casas y comercios. Sufría
mucho en invierno, en aquellas mañanas heladas o en días de nieve, en que las
manos se le quedaban frías, amoratadas y pálidas. Y así todos los días.
Entre sus clientes del periódico había uno que era panadero del
barrio. Todas las mañanas entraba el muchacho en la panadería, daba los
buenos días al panadero y le entregaba el periódico. ¡Qué bien se estaba en
aquella panadería! El olor de pan era sumamente agradable y el calorcito del
establecimiento era estupendo.
Pero cuando el panadero estaba en su trabajo, el chico cogía con
disimulo un bollo de pan y se lo guardaba rápido en el bolsillo y salía
rápido del establecimiento. Aquel bollo de pan era para matar el hambre. ¡Con
qué gusto lo comía en la calle!
Pasaron varios años y el muchacho encontró otro trabajo más lucrativo. Con su
jornal podía desayunar, comer y cenar bien y no pasar frío ni hambre.
El joven no olvidó los días de hambre en que cogía todos los días un bollo de
pan sin permiso del panadero. Su conciencia le hablaba que, teniendo dinero,
debía restituir lo que había cogido. Una mañana cogió un sobre y metió en él
una cantidad de dinero, importe de los bollos cogidos. Y se presentó en la
panadería, y dirigiéndose al dueño le entregó el dinero, diciéndole que le
devolvía el dinero que él le había prestado cuando era repartidor de
periódicos. El panadero quedó sorprendido. Ni idea tenía que le hubiera
prestado alguna cantidad de dinero. Era imposible. Pero el muchacho insistió tanto
que el panadero lo cogió.
El joven, al salir de la panadería, sentía un gozo
extraordinario ante aquel acto de justicia que había realizado.
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