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Octubre

 

Mes del descubrimiento de América

Valores del Mes:

 

Justicia y Respeto

 

Respeto

Hablar de respeto es hablar de los demás. Es establecer hasta donde llegan mis posibilidades de hacer o no hacer, y dónde comienzan las posibilidades de los demás. El respeto es la base de toda convivencia en sociedad. Las leyes y reglamentos establecen las reglas básicas de lo que debemos respetar.


Sin embargo, el respeto no es solo hacia las leyes o la actuación de las personas. También tiene que ver con la autoridad como sucede con los hijos y sus padres o los alumnos con sus maestros. El respeto también es una forma de reconocimiento, de aprecio y de valoración de las cualidades de los demás, ya sea por su conocimiento, experiencia o valor como personas.

 

Justicia

Cuando los hombres practican la justicia, hay tranquilidad, paz y bienestar en la sociedad. Con un hombre que obra en justicia, todo el mundo le aprecia, todos depositan en él su confianza.

Existen varias clases de justicia: la conmutativa, que es dar a cada cual lo que en derecho le corresponde; la justicia distributiva atiende al bien de la sociedad y distribuye con rectitud las cargas de la comunidad, etc.

Sé siempre una persona honrada y justa y ten como norma no apoderarte jamás de lo que no es tuyo.

 

La Justicia: El Muchacho que pasaba Hambre
Por Gabriel Marañon Baigorrí

 

Era un pobre chico que trabajaba mucho y ganaba poco para poder vivir. ¡Cuánta hambre pasaba!. Muchas mañanas no tenía un pedazo de pan para desayunar, y muchas noches se iba a la cama sin cenar por falta de alimentos.


Su oficio era repartidor de periódicos por las casas y comercios. Sufría mucho en invierno, en aquellas mañanas heladas o en días de nieve, en que las manos se le quedaban frías, amoratadas y pálidas. Y así todos los días.

Entre sus clientes del periódico había uno que era panadero del barrio. Todas las mañanas entraba el muchacho en la panadería, daba los buenos días al panadero y le entregaba el periódico. ¡Qué bien se estaba en aquella panadería! El olor de pan era sumamente agradable y el calorcito del establecimiento era estupendo.

Pero cuando el panadero estaba en su trabajo, el chico cogía con disimulo un bollo de pan y se lo guardaba rápido en el bolsillo y salía rápido del establecimiento. Aquel bollo de pan era para matar el hambre. ¡Con qué gusto lo comía en la calle!


Pasaron varios años y el muchacho encontró otro trabajo más lucrativo. Con su jornal podía desayunar, comer y cenar bien y no pasar frío ni hambre.


El joven no olvidó los días de hambre en que cogía todos los días un bollo de pan sin permiso del panadero. Su conciencia le hablaba que, teniendo dinero, debía restituir lo que había cogido. Una mañana cogió un sobre y metió en él una cantidad de dinero, importe de los bollos cogidos. Y se presentó en la panadería, y dirigiéndose al dueño le entregó el dinero, diciéndole que le devolvía el dinero que él le había prestado cuando era repartidor de periódicos. El panadero quedó sorprendido. Ni idea tenía que le hubiera prestado alguna cantidad de dinero. Era imposible. Pero el muchacho insistió tanto que el panadero lo cogió.

El joven, al salir de la panadería, sentía un gozo extraordinario ante aquel acto de justicia que había realizado.

 

 




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